
Una cámara inmóvil que registra el cambio de la luz en medio de un bosque apartado, tapizado de hojas secas, y una pareja de viejos guaranís cuyas bocas dialogantes a una distancia espacio-temporal difusa, vuelcan la reflexión sobre el tiempo, la espera del hijo que se sabe que nunca regresará, trasciendiendo la contundencia de la muerte: un fin que se vuelve infinito. Nos encontramos ante una película donde el laconismo radical brinda los frutos que frecuentemente tan sólo brotan parcialmente. El estilo fílmico nos indica una temporalidad que no fluye, es decir, una punta de presente perpetua, donde cada uno de los movimientos de los personajes, todos ellos banales pero mostrados sin una pizca de cinismo, cargan un pasado que se ha vuelto viscoso en medio del vacío. El uso del sonido asincrónico brinda el peso de la memoria, tornando el uso del lenguaje en el cine a su expresión más arriesgada al atreverse a mostrar aquello que a la imagen se le vuelve invisible. Este elemento se puede volver una deficiencia en un director que carece de la capacidad de crear imágenes elocuentes, sin embargo cuando hace sensible una cierta duración que surge de la tierra misma o de un hombre cualquiera, nos brinda una verdadera experiencia cinematográfica, cómo en esta película memorable.