Histoire(s) du Cinema (Jean-Luc Godard, 1988-1998)
No hay palabras para definir esta obra, no hay imágenes que puedan crear un índice de lo que esta contiene, ya que las más importantes que contiene son invisibles, creadas por medio del montaje: Godard ha logrado crear la obra infinita que tanto anhelaba. Una obra sin ningún centro, totalmente rizomática, construida a partir de una intertextualidad irrastreable. Aún cuando por fin Godard admite que el cine es el arte de las mentiras no ha cesado de buscar la verdad del cine. Las máquinas binarias que se suceden evitando toda línea recta, teniendo cómo única guía la memoria -como todas caprichosa y llena de azar- del testigo más importante de la historia del cine, terminanan por arruinar toda dialéctica: en vez de buscar generar una totalidad, su lógica acumulativa de signos apuntan a un Lector que queda ubicado, cómo con el silencio del Universo, entre la nada y la proliferación sin fin de ideas que se entrecruzan para retomar aquello que los realizadores de cine, al ser incapaces de resguardar su desarrollo, han dejado en el olvido las posibilidades del cine cómo un instrumento del pensamiento. Uno de los motores de esta obra es la obsesión por la imposibilidad de totalizar aquello que constituye el cine por medio del lenguaje: no hay serie de imágenes que sean capaces de ilustrar lo que la voz puede emitir, no hay multiplicidad de voces que pueda definir una serie de imágenes. Y ante ello, cómo Virgilio en la Eneida, a la mirada no le queda mas que callar. Quiénes ya hemos cruzado esa línea e intentamos decir que fue lo que vimos, no nos queda mas que prevenir a los nuevos viajeros que les queda por delante una experiencia única pero inefrentable, un lugar dónde aquéllos que intentan hacer una crónica quedan indefensos. Una obra neobarroca que apunta a lo sublime.

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